Primeramente no me surgía nada para poder escribir en este jueves de excluidos. Surgieron un par de ideas pero no me terminaban por convencer.
Sin pensar puntualmente en alguna idea para comenzar, se me vino un recuerdo a la mente y me surgió la siguiente frase: “No hay peor exclusión que la de excluirse uno mismo”.
Nunca he sentido un sentimiento de exclusión por parte de otras personas que llegara a perturbarme tanto el alma como cuando yo misma me excluía de vivir, de sentirme libre, de simplemente caminar, disfrutar de un amanecer o una cálida noche, contemplar el silencio, reír sin saber el porque, leer un libro, escribir, comer, dormir, simplemente estar despierto…
Poco a poco me sumergía en lo profundo de mi ser, sentía que no podía reír ni llorar, como si no sintiera nada y al mismo tiempo todo a la vez. Todo perdía importancia, nada detenía mi interés; hasta llegar a tal punto de irme a acostar y dejar plantados a varios amigos y a mi familia. Había perdido las ganas de vivir, parecía que mi ser se dedicaba a morir lentamente por dentro. Buscaba que alguien me ayudara pero no me dejaba ayudar por nadie; lo que me decían no tenía importancia para mi; no me ignoraban, yo me estaba ignorando, me excluía sin darme cuenta.
A veces estábamos compartiendo un momento agradable pero mi alma no estaba allí presente, solo mi cuerpo; me sentía sola estando rodeada de personas y sola en la más infinita soledad. Veía culpables por todas partes hacia donde miraba pero estaba olvidando mirarme en el espejo, el principal culpable: yo.
¿Por qué me castigaba de tal manera? ¿Por qué me autoexcluía?
De esa exclusión no podía escapar porque partía de mi propio ser. El despertar era un tormento a la realidad, el dormir un escape de ella, aunque a veces en sueños surgía más cruda que cualquier realidad posible.
Recuerdo que tuve un sueño:
Pocas veces se recuerda como comienza un sueño. Me encontraba en un ascensor que comenzaba a caer velozmente. Me iba a morir, me dirigía a la muerte segura, caía al vacío más oscuro.
No quería morir, me invadió una desesperación por salir de allí, estaba encerrada en esas cuatro paredes y había una sola salida. Entonces mágicamente saltaba del ascensor y me salvaba.
Había salido de las cuatro paredes que aprisionaban el alma, quería dedicarme a vivir, quería ser libre, no quería excluirme más, no quería hundirme en lo profundo de mi soledad.
Desperté pensando en aquel sueño, estaba algo alterada, parecía tan real; era real para mi, era ni más ni menos que la cruda verdad representada en ese ascensor que yo misma había creado para excluirme del mundo, como si eso me pudiera salvar. Un alma aprisionada puede soñar con la libertad pero yo soñaba con cuatro paredes a mi alrededor, soñaba a hundirme dentro de esas cuatro paredes, parecía que era todo lo que deseaba.
¿Por qué ese instinto de destrucción?
Sentía que lo había copiado del mundo que me había dañado, ese lugar que está lleno de maldad pero también amor. Solo que no podía ver la otra parte porque me tapaban las cuatro paredes que construí pensando que hallaría el camino a casa.
Comprendí que no existe tal camino, que estando acorralada o fuera de las paredes, de ninguna manera encontraría la razón de ser; las respuestas estaban dentro mío, la posibilidad de cambiar estaba en mi, partía de mi y de nadie más. Nadie podía ayudarme si yo no me lo proponía; debía destaparme los oídos, entonces pude escuchar los gritos de mi alrededor que me llamaban para unirme en su encuentro. Aunque la muerte rodeara cerca, esta vez me dediqué a vivir…
Mariana Pussó… 17/11/2011