sábado, 26 de noviembre de 2011

"La brisa en la oscuridad"


Ella miraba como la brisa entraba a través de la ventana, acariciando con un aire de paz las cortinas que se elevaban suavemente rozando la plenitud de la armonía que la invadía por un eterno momento. Se había quedado dormida, se sentía envuelta por un manto de tranquilidad, que lentamente la relajó hasta perderse en lo más profundo del dormir.
            No siempre se tiene el lujo de poder darse un espacio para uno mismo, la sociedad va corriendo detrás del tiempo y si te quedas atrás nadie te va a esperar, te verás inmerso en lo más oscuro de la perdición humana.
            En sus sueños podía hacer lo que deseaba, hasta romper con la moral de lo inmoral, ¿Sería inmoral aún si parte de lo más profundo de su corazón? Sí, visto desde afuera e incluso desde su propia conciencia. Allí no tenía límites, era su único escape, porque por más negaciones que hiciera sabía el dolor que le había provocado aquel inesperado suceso, de un recuerdo ya lejano en el tiempo transversal, aquel dolor era inminente. Soñaba una realidad paralela, donde podían estar juntos, la dirección la llevaba ella pero el alma la traicionaba formando episodios unidos en una sucesión causal; pudiendo interpretarse ante su mirada como la más pura y sincera deshonra, que sólo en sueños se atrevía a cometer aquel delito de sangre.
De pronto se vio envuelta en aquella casa que le era tan familiar, en cada paso, en cada objeto, en cada suspiro, podía sentir su esencia; podía oír sus peculiares ruidos que rompían el fantasmal silencio; podía oler aquel característico olor que llevaba consigo; en cada parte de ella había una parte de su amada guardada en el recuerdo de un ancestro que lleva la misma sangre latiendo por dentro. Aquel bello lugar ya no era el mismo sin ella, había partido con su ausencia y el silencio se volvía aterrador por breves instantes. Recorrió cada espacio de la casa y de aquel hermoso jardín, buscando respuestas o tal vez solo poder encontrar aquello que buscaba, sentir la suave brisa de la paz, tan difícil de alcanzar a veces, para luego partir tan pronto desvaneciéndose y deslizándose con el viento, produciendo una sensación de anhelo de aquella mística expresión del alma.
Había hallado una emoción diferente en su vida, que pocos logran descubrir, pocos pueden sentir la pasión que te recorre cuando has encontrado tu fin en la vida, tu vida.
Un captus que está a punto de estallar de tanta agua, tantas emociones le trajo la lluvia. Resiste y desarrolla un método para poder procesar toda aquella agua que ingresó; la distribuye en el cuerpo pero también en el alma, para que ambos se cultiven lentamente y crezcan hasta volver a tocar el cielo con las manos.
Lento, lento, el tiempo se había detenido, en ese momento lo único que importaba era el encuentro con ella, ni pasado, ni presente, ni futuro, era la esencia de la detención del tiempo.
Aún quedaba un largo camino por el sendero de aquel mágico encuentro pero prefirió esperar para no apresurarse, esperar para avanzar, esperar para crecer; avanzar para vivir...
Cerró lentamente la cortina de sus ojos, de a poco se hacía difusa y borrosa la brisa que acariciaba con frescura la piel de su alma desnuda, de a poco todo se volvió oscuro...

Mariana Pussó... 24/11/2011


jueves, 17 de noviembre de 2011

Jueves literario: “El grito de los excluidos”


Primeramente no me surgía nada para poder escribir en este jueves de excluidos. Surgieron un par de ideas pero no me terminaban por convencer.
            Sin pensar puntualmente en alguna idea para comenzar, se me vino un recuerdo a la mente y me surgió la siguiente frase: “No hay peor exclusión que la de excluirse uno mismo”.
Nunca he sentido un sentimiento de exclusión por parte de otras personas que llegara a perturbarme tanto el alma como cuando yo misma me excluía de vivir, de sentirme libre, de simplemente caminar, disfrutar de un amanecer o una cálida noche, contemplar el silencio, reír sin saber el porque, leer un libro, escribir, comer, dormir, simplemente estar despierto…
Poco a poco me sumergía en lo profundo de mi ser, sentía que no podía reír ni llorar, como si no sintiera nada y al mismo tiempo todo a la vez. Todo perdía importancia, nada detenía mi interés; hasta llegar a tal punto de irme a acostar y dejar plantados a varios amigos y a mi familia. Había perdido las ganas de vivir, parecía que mi ser se dedicaba a morir lentamente por dentro. Buscaba que alguien me ayudara pero no me dejaba ayudar por nadie; lo que me decían no tenía importancia para mi; no me ignoraban, yo me estaba ignorando, me excluía sin darme cuenta.
A veces estábamos compartiendo un momento agradable pero mi alma no estaba allí presente, solo mi cuerpo; me sentía sola estando rodeada de personas y sola en la más infinita soledad. Veía culpables por todas partes hacia donde miraba pero estaba olvidando mirarme en el espejo, el principal culpable: yo.
¿Por qué me castigaba de tal manera? ¿Por qué me autoexcluía?
De esa exclusión no podía escapar porque partía de mi propio ser. El despertar era un tormento a la realidad, el dormir un escape de ella, aunque a veces en sueños surgía más cruda que cualquier realidad posible.

Recuerdo que tuve un sueño:
Pocas veces se recuerda como comienza un sueño. Me encontraba en un ascensor que comenzaba a caer velozmente. Me iba a morir, me dirigía a la muerte segura, caía al vacío más oscuro.
No quería morir, me invadió una desesperación por salir de allí, estaba encerrada en esas cuatro paredes y había una sola salida. Entonces mágicamente saltaba del ascensor y me salvaba.
Había salido de las cuatro paredes que aprisionaban el alma, quería dedicarme a vivir, quería ser libre, no quería excluirme más, no quería hundirme en lo profundo de mi soledad.

Desperté pensando en aquel sueño, estaba algo alterada, parecía tan real; era real para mi, era ni más ni menos que la cruda verdad representada en ese ascensor que yo misma había creado para excluirme del mundo, como si eso me pudiera salvar. Un alma aprisionada puede soñar con la libertad pero yo soñaba con cuatro paredes a mi alrededor, soñaba a hundirme  dentro de esas cuatro paredes, parecía que era todo lo que deseaba.
¿Por qué ese instinto de destrucción?
Sentía que lo había copiado del mundo que me había dañado, ese lugar que está lleno de maldad pero también amor. Solo que no podía ver la otra parte porque me tapaban las cuatro paredes que construí pensando que hallaría el camino a casa.
Comprendí que no existe tal camino, que estando acorralada o fuera de las paredes, de ninguna manera encontraría la razón de ser; las respuestas estaban dentro mío, la posibilidad de cambiar estaba en mi, partía de mi y de nadie más. Nadie podía ayudarme si yo no me lo proponía; debía destaparme los oídos, entonces pude escuchar los gritos de mi alrededor que me llamaban para unirme en su encuentro. Aunque la muerte rodeara cerca, esta vez me dediqué a vivir…

Mariana Pussó… 17/11/2011


Este jueves relato: "Ensalada de pimientos"-"Piquillos del infierno"

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