Me recosté sobre la cama, ansiosa por reencontrarme con la hora dispuesta al relax, la música, las palabras; en un espacio que me hacía sentir acompañada. Prendí la radio a la hora precisa, eran las 00 horas en punto, ni más ni menos. La noche se veía triste y desolada en el primer tema melódico que acariciaba mis oídos; miraba a través de la ventana de este viaje, podía sentir que en mis ojos llovía, en el reflejo de una noche oscura, oscura no solo por ser de noche, oscura en un sentido más abstracto. Miraba hacía el cielo cubierto de nubes, veía caer cada minúscula gota pero no podía ver sobre qué caían, no quería, estaba hipnotizada en la danza que bailaba la lluvia junto a la tristeza que la envolvía. Paisaje solitario y deslumbrante al mismo tiempo.
Siguiendo el recorrido de la música, me encontré con un pasaje menos desamparado, calmó la lluvia y a lo lejos se podía observar que las nubes se disipaban. Ya no era un paisaje deslumbrante pero daba una sensación de ilusión en la noche envolvente.
Por un momento sentí que me dormía, entre despierta y casi dormida, pasaron los temas volando... Me sobresalté al escuchar uno de mis temas favoritos, donde el cielo ya se había despejado casi por completo, se podían observar luminosas estrellas en la oscuridad que envolvía la ciudad. Expectante cielo reflejado en luminosas pintitas de luz, y a lo lejos se podía contemplar la magia de la esperanza perdida tiempo atrás en este encuentro con la dulce música que cubría cada rincón de la habitación.
Casi llegando a destino, la noche se volvió cálida a pesar del frío que cubría el afuera; el cielo completamente despejado, cubierto en su totalidad de estrellas y de una brillante y seductora luna llena, se podía presentir la calidez del encuentro. Llego el momento de bajar del colectivo, el viaje había llegado a su fin... apagué la radio y cerré finalmente mis ojos después del largo y agotador recorrido por la mágica melodía de aquel inolvidable viaje astral de las emociones hechas canciones...
Mariana Pussó - 21/04/2011

