jueves, 17 de noviembre de 2011

Jueves literario: “El grito de los excluidos”


Primeramente no me surgía nada para poder escribir en este jueves de excluidos. Surgieron un par de ideas pero no me terminaban por convencer.
            Sin pensar puntualmente en alguna idea para comenzar, se me vino un recuerdo a la mente y me surgió la siguiente frase: “No hay peor exclusión que la de excluirse uno mismo”.
Nunca he sentido un sentimiento de exclusión por parte de otras personas que llegara a perturbarme tanto el alma como cuando yo misma me excluía de vivir, de sentirme libre, de simplemente caminar, disfrutar de un amanecer o una cálida noche, contemplar el silencio, reír sin saber el porque, leer un libro, escribir, comer, dormir, simplemente estar despierto…
Poco a poco me sumergía en lo profundo de mi ser, sentía que no podía reír ni llorar, como si no sintiera nada y al mismo tiempo todo a la vez. Todo perdía importancia, nada detenía mi interés; hasta llegar a tal punto de irme a acostar y dejar plantados a varios amigos y a mi familia. Había perdido las ganas de vivir, parecía que mi ser se dedicaba a morir lentamente por dentro. Buscaba que alguien me ayudara pero no me dejaba ayudar por nadie; lo que me decían no tenía importancia para mi; no me ignoraban, yo me estaba ignorando, me excluía sin darme cuenta.
A veces estábamos compartiendo un momento agradable pero mi alma no estaba allí presente, solo mi cuerpo; me sentía sola estando rodeada de personas y sola en la más infinita soledad. Veía culpables por todas partes hacia donde miraba pero estaba olvidando mirarme en el espejo, el principal culpable: yo.
¿Por qué me castigaba de tal manera? ¿Por qué me autoexcluía?
De esa exclusión no podía escapar porque partía de mi propio ser. El despertar era un tormento a la realidad, el dormir un escape de ella, aunque a veces en sueños surgía más cruda que cualquier realidad posible.

Recuerdo que tuve un sueño:
Pocas veces se recuerda como comienza un sueño. Me encontraba en un ascensor que comenzaba a caer velozmente. Me iba a morir, me dirigía a la muerte segura, caía al vacío más oscuro.
No quería morir, me invadió una desesperación por salir de allí, estaba encerrada en esas cuatro paredes y había una sola salida. Entonces mágicamente saltaba del ascensor y me salvaba.
Había salido de las cuatro paredes que aprisionaban el alma, quería dedicarme a vivir, quería ser libre, no quería excluirme más, no quería hundirme en lo profundo de mi soledad.

Desperté pensando en aquel sueño, estaba algo alterada, parecía tan real; era real para mi, era ni más ni menos que la cruda verdad representada en ese ascensor que yo misma había creado para excluirme del mundo, como si eso me pudiera salvar. Un alma aprisionada puede soñar con la libertad pero yo soñaba con cuatro paredes a mi alrededor, soñaba a hundirme  dentro de esas cuatro paredes, parecía que era todo lo que deseaba.
¿Por qué ese instinto de destrucción?
Sentía que lo había copiado del mundo que me había dañado, ese lugar que está lleno de maldad pero también amor. Solo que no podía ver la otra parte porque me tapaban las cuatro paredes que construí pensando que hallaría el camino a casa.
Comprendí que no existe tal camino, que estando acorralada o fuera de las paredes, de ninguna manera encontraría la razón de ser; las respuestas estaban dentro mío, la posibilidad de cambiar estaba en mi, partía de mi y de nadie más. Nadie podía ayudarme si yo no me lo proponía; debía destaparme los oídos, entonces pude escuchar los gritos de mi alrededor que me llamaban para unirme en su encuentro. Aunque la muerte rodeara cerca, esta vez me dediqué a vivir…

Mariana Pussó… 17/11/2011


12 comentarios:

Neogeminis Mónica Frau dijo...

El miedo es capaz de anularnos, de excluirnos, de aislarnos, hasta de matarnos...es un terrible enemigo que a veces se disimula en nuestras inseguridades y nos arrastra hasta grados terribles de desesperación. No es fácil salir, menos si se una está -o se siente- solo.

Un abrazo juevero.

Matices dijo...

Excluirse de la vida por miedo a que te afecte el mundo exterior o por miedos internos, es una prueba muy dura que no siempre se supera.

Besos!!

Natàlia Tàrraco dijo...

Mary, dicen que los sueños, si los recordamos, nos envían mensajes cifrados. Ese ascensor cayendo en picado, espacio cerrado, como el caracol dentro de su concha, sin salir, cómodamente instalado en la soledad aislada, rumiando su própia angustia, compadeciéndose, hasta que álguien lo propulsa, fuera llueve, asoma las antenas, ha de salir por sí mismo, A LA VIDA, que le espera fuera.

Un relato intimista, intensamente escrito, sobre la auto exclusión que sucede a veces. Besitos.

Un par de neuronas... dijo...

Hola, saludos!
Me disculpas pero me resulta dificultoso leer sobre fondo oscuro las letras de este color...

Te dejo un café calentito.

beso.

Leonor dijo...

Una amiga de los jueves, Ceci, habla de la exclusión por la pérdida del amor, y le hice un comentario que he recordado al leer tu relato. Le decía que no hay exclusión más dolorosa que la que se hace uno mismo. Tu lo has narrado con un gran sentimiento y me alegra saber que al final de ese túnel había luz. Sacar fuerzas de flaqueza y seguir adelante siempre. Vivir intensamente los pequeños momentos. Un beso.

Anónimo dijo...

te voy a contar un cuento, mary..ah,por cierto, por un lado creoque tu jueves es personal, es decir, que lo has vivido, por otro, tengo mis dudas...pero es lo msimo...mi cuento dice así:
ah, es real...
en teniendo yo unos 30 años estaba al borde de esa exclusion total, estaba yo tan sumergido en mis interiores que lo únic que entraba por dentro d emí eran las ganas de partir de este mundo...¿sabes lo que me salvo? pues el instinto de supervivencia...toma ya¡¡ fue así y por esta causa por lo que pude salir d emi profunda drepresión...
medio beso, mery.

San dijo...

No se que puede ser peor, doler más si que te excluyan o ser tu mismo quien te castigues excluyendote de todo sentimiento positivo. Una lucha dificil esta, pero siempre se puede vencer, tu lo dices bien, destaparme los oidos para escuchar las voces que me llamen.
Instimista sin duda.
Un beso Mary.

Anónimo dijo...

Si terrible es verte excluido por los demás, más dramático es cuando esa exclusión parte de nosotros mismos. Es más difícil vencer nuestra propia resistencia a salir de la concha que nosotros mismos nos fabricamos.
Un abrazo.

Juan Carlos Celorio dijo...

Salvadora salida de esas cuatro paredes, menos mal que la protagonista da el paso, antes que en una nueva caída el ascensor todo acabara.
Muchos besos.

Manuel dijo...

Cierto, a veces la exclusión que nos imponemos a nosotros mismos es la mas dura.
Un beso

Sindel Avefénix dijo...

La autoexclusión es la peor exclusión de todas, porque no nos deja ver hacia afuera, nos convierte en un cuerpo vacío donde todo intento de ser llenado rebota contra ese escudo negativo que nos ponemos. A veces sirve para no querer volver a hacerlo nunca más, para aprender a mirar más allá de nosotros mismos y ver que sin nosotros el mundo no sería lo mismo. Como decía mi querido Facundo Cabral: "No estás deprimido, estás distraído" y es así amiga. Espero que a la protagonista ahora le sonria la vida y pueda ver lo hermoso que es vivir, a pesar del dolor que es parte de la vida misma. Un abrazo.

Juan Pardo dijo...

Grato descubrimiento el conocer tu blog.Hay originalidad y sensibilidad.T sigo.T invito a seguir el mío.Saludos poéticos.

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