Alguien una vez me dijo que si mis ojos no quieren descansar perturbados del dolor, que llenara el vacío de tu ausencia con pequeños trozos de mi anhelo, de esa música que me hace vibrar, que me hace saber que por mi sangre corre pasión, esa emoción que renace en cada palabra de este papel. Aquí voy:
Cierro los ojos y me dejo llevar por la suave melodía de esta trompeta al compás de sus compañeros. Imagino que bailas en compañía de él, con una sonrisa en el rostro y una flor que posa sobre tus cabellos. Estás perfectamente arreglada y maquillada con un tenue rojo en tus labios, que combina con tu glamoroso vestido. Tus ojos iluminan el salón repleto de rostros, tu mirada brilla como las estrellas.
Una cara familiar y desconocida al mismo tiempo, te mira con anhelo, con ternura; después de tantos años uno lejos del otro, al final del camino se encontraron nuevamente. Ella me solía decir: “Alfredo fue el único amor de mi vida”. Desde que tuvo que partir lo extrañaste hasta el fin de tus días, añorando que en el último escalón pudieras ver su amado rostro una vez más.
Entonces lo tomaste de la mano, te sonrojaste como si fuera la primera vez que lo sentiste tan cerca de ti, tan cerca que sus labios rozaban con los tuyos, tan cerca y tan lejos, que pedías que la distancia fuera infinita, eterna, porque jamás querrías que se alejara de esa décima de segundo de tu piel. Cruzada de miradas, mirada de un tenue amarronado y un suave verde, mirada fugaz, que sólo el tiempo pudo volver a unir para jamás separar nuevamente.
Bailaron toda la noche, flotaban en el espacio, sus risas los elevaba ante mi, hace tiempo que no los veía así, simplemente juntos, quizá nunca. No se porque te imaginé de esta manera, la música me llevó a ti, para llenar este espacio vacío que dejaste y que de alguna forma intento llenar, en este pequeño libreto que encontré guardado en el olvido de este cajón marchito.
No pude ver su rostro, sólo una figura elegante en ese traje de gala. Lo importante es que tú lo pudiste ver, para perderte en su bella mirada. Me acerqué hacia él y le pedí que te cuidara, yo me encargaría de cuidar a sus amados de aquí; ese fue nuestro trato que en secreto guardaremos hasta volver a vernos algún día, pero aún no.
El sonido del tiempo resuena en mis oídos, haciéndome saber que tu recuerdo está aquí conmigo, haciéndome saber que ustedes están allí, en una gran comunidad de almas. Algunas sin nombre, sin rostro, sin un presente pero aún así con un pasado, una historia; otras presas viejas del olvido, abandonadas al destino o quizá al transcurrir de los años; otros cuidados y con visitas diarias, mensuales y también anuales, que dejan una flor fresca para que el tiempo intervenga nuevamente y poco a poco se marchite, dejando un recuerdo en su memoria, un suspiro en cada pétalo, una lágrima en ese adiós que te cuesta pronunciar sin sentir que te derrumbas cada vez que lo haces. Porque ese adiós ya no tendrá un reencuentro a la vuelta de este viaje, tal vez si al final de este nuevo camino, que deja sus huellas al mirar hacia atrás pero al mirar hacia el frente se encuentra con muchos caminos por recorrer. Sé cual es el final de esta historia pero no sabré que hay antes del adiós, como no sé que hay delante de este adiós en particular, eso es lo emocionante de esta historia, que puedes cambiar su desenlace antes del esperado final.
Te miro en el espejo que te refleja, como gota de agua, pero ya sin tu aliento, sin tu marca personal; sólo el silencio y yo en este cuarto a pocas luces, con susurros en el aire, con palabras dichas al olvido de este reflejo que guardaré en lo recóndito de este mar revuelto y extravagante de mi alma.
Es raro ir a visitarte allí, dos mundos diferentes nos separa y nos une más que nunca, porque hoy más que nunca extraño la simple presencia de tu ser. Siento trabado ese adiós que aún nos une, y que espero poder pronunciar algún día sin sentir el corazón perturbado, poder sentir calma y recordarte con esperanza.
Dejé atrás a una persona, para pasar a ser otra, aunque por fuera seamos iguales, por dentro seré otra a partir de ese momento que me cambió, ni para mal, ni para bien, simplemente me cambio.
Levanto mi mirada, tú y él me miran, sonríen, entonces muevo mi mano saludando, tratando de poder decir adiós, empezando por esta imagen de mi rebuscada imaginación, que te imagina con este disfraz bonito para llenar con palabras este espacio de papel, que más que papel se refleja en lo profundo y oscuro de mi ser…


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